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Sunday, June 07, 2009

Duchamp

En enero fui a ver la muestra de Duchamp en Proa, desde entonces quiero escribir algo al respecto pero hasta ahora no pude. Hace un par de días me econtré con un texto de Alan Pauls que habla de Duchamp. La nota publicada en Página 12 tiene exactamente diez años, está escrita al momento de la aparición de una biografía sobre Duchamp. En esa nota Pauls dice todo lo que yo queria decir, da forma a lo que yo no podía y, además, agrega otras capas de sentido. Más abajo un fragmento de la nota.

Ese índice apuntado a un objeto común, indiferente, sin “gusto”, ese eso –-algo tan simple y económico como un eso, que con recursos mínimos consigue efectos máximos, ¿no es lo que en ajedrez se llama elegancia?– es lo que hizo famoso a Duchamp. Famoso y, para provecho de Tomkins, que aquí libra su propia batalla de biógrafo norteamericano, ininterpretable. Porque ésa es la otra tensión que envalentona a este libro sabroso, inteligente, que ya sería irresistible si se limitara a comentar, en cinco o seis renglones distraídos, la vida de cualquiera de sus personajes secundarios (Picasso, Peggy Guggenheim, Man Ray, Katherine Dreier, Henri Pierre Roché, amigo del alma, socio en un par de suculentos ménages-à–trois y autor del slogan que mejor define a Duchamp: “Su obra más imponente es el empleo del tiempo”): la guerra contra la interpretación. Retomando una vieja fobia de Nabokov (asimilar toda interpretación a una “patraña freudiana”), y también sus armas (la mordacidad, el sarcasmo, risitas malévolas), Tomkins parece sostener que eso –el gesto fundador de Duchamp– no tiene sentido, que es sólo un indicador, un signo que muestra algo –un mingitorio, una pala para nieve, un rascacielos de 241 metros de altura– que es opaco, impasible, pura superficie. Como el dandy Duchamp.

Pero, ¿y si aun en esa apoteosis de la frivolidad hubiera algo más? ¿Algo menos? ¿Un resto? Medio siglo después del Caso Mutt, Duchamp, en una entrevista con Francis Steegmuller, volvía a darlo vuelta todo. “Usted sabe que es uno de los artistas más famosos del mundo”, le comenta Steegmuller. Y Duchamp: “No sé nada de eso. En primer lugar, la gente común no conoce mi nombre, mientras que la mayoría ha oído hablar de Dalí y de Picasso, e incluso de Matisse. En segundo lugar, si alguien es famoso, creo que es imposible que lo sepa. Ser famoso es como estar muerto: no creo que los muertos sepan que están muertos. Y en tercer lugar, si fuera famoso, no podría enorgullecerme demasiado; la mía sería una fama payasesca, que se remontaría a la sensación causada por el Desnudo bajando una escalera. Aunque supongo, evidentemente, que si esa clase de infamia dura ya cincuenta años, es porque entonces hay algo más que el escándalo”. Steegmuller: “¿Qué otra cosa hay?”. Duchamp: “Hay eso”. “¿Eso?” “Eso. Lo que no tiene nombre.”

leanla completa acá

Wednesday, January 21, 2009

Solo creo en la literatura

Alan Pauls


Friday, November 14, 2008

Amantes Perfectos



Felix González Torres - Untitled (Perfect Lovers)


"empiezan sincronizados y con el correr de los días, fruto del desgaste desigual de las pilas, van des-sincronizándose y emprendiendo caminos de velocidad individual" A. Pauls

Monday, November 03, 2008

Empezar por Pero

Alan Pauls sobre Juan José Saer


Hace poco fui a Rosario a dar una charla y me llevé La mayor para leer en el colectivo. Mi La mayor: la edición original, impresa en España en 1976, ya destripada por el uso y los años. Mi intención era utilitaria: quería releer (para un libro que estoy escribiendo) un textito llamado Balnearios. Apenas lo localicé me quedé mudo (los grandes escritores siempre cortan el habla): ¿quién si no Saer podía empezar un relato así: “Pero en el río las orillas destellan, lentas, como señales: cabrillean”? ¿De qué conversación constante y silenciosa venía esa literatura para darse el lujo de empezar diciendo Pero? De utilitaria, mi intención naufragó en la pasión: releí casi todo el libro (olvidándome en el acto del mío) en las cuatro horas que duró el viaje. Y me di cuenta de que Saer siempre había sido eso para mí: un rumor, una música que, los escuchara o no, les prestara atención o no, fueran actuales o no, siempre seguían sonando para mí en alguna parte, no porque me estuvieran particularmente dirigidos, sino más bien porque yo –el mismo “yo” que ahora, huérfano inconsolable, escribe estas líneas sabiendo que el que las inspira, mi maestro, mi amigo, nunca las leerá– sabía que en ellos siempre podía encontrarme y reconocerme y rejuvenecer. La literatura de Saer siempre me hizo sentir joven: era sangre, sangre pura, alimento, aire, una especie de encarnizamiento artístico en estado puro. Es decir: todo lo que necesitamos para escribir, para pensar, para vivir, y todo lo que cada día hace más falta en el mundo. Saer era un lugar al que yo siempre podía volver. Un lugar hospitalario, sí, pero también exigente, incómodo, ensimismado, como son los lugares que inventan los escritores que escriben absolutamente solos. Yo tenía 16 años cuando, sin conocerlo, le escribí una carta en la que lo ametrallaba a preguntas sobre una de sus novelas, La vuelta completa, que ya entonces debía resultarle increíblemente vieja. Me contestó. Su carta, a la vez halagada, zumbona y peleadora, fue para mí la maqueta perfecta de ese Lugar único que su literatura sería para mí desde entonces. “No aclare porque oscurece”, me acuerdo que me decía, supongo que acorralado por mi juvenil voluntad de arrancarle a un autor la verdad secreta de uno de sus libros. “Qué santafesino”, pensé: “Le pregunto por la estructura de su novela y él me contesta con un dicho de campo”. Persistí, familiarizándome de a poco con ese extraño combate que me proponía y cuyo horizonte parecía prometer siempre la felicidad de la literatura. Con nadie discutí más que con Saer, y con nadie tuve tanto la impresión de que discutir, pelear, eran alardes excitantes y un poco ridículos de una dicha que los recuperaría y olvidaría al mismo tiempo. Saer es la literatura que sigue, que sigue y seguirá incluso a pesar de la muerte de Saer, siempre dando pie a que él u otros puedan empezar a hablar diciendo Pero.


Domingo, 12 de Junio de 2005
Página 12

Wednesday, October 01, 2008

Trabajo

A. Pauls

Trato de escribir todos los días. Si las cosas de escribir no salen, trato de orbitar alrededor de lo que escribo la misma cantidad de tiempo que dedicaría a escribir. Orbitar quiere decir quedarme cerca de lo que (no) escribo: leer, releer, tomar notas, estar en babia, cambiarle la tipografía y el cuerpo y los márgenes a lo que ya tengo escrito, no atender el teléfono para convencerme de lo ocupado que estoy, etc. Escribo muy despacio, muy mentalmente, pero generalmente lo que escribo es lo que queda. Corregir para mí nunca es "pulir": es hachar, eliminar, cambiar de lugar. Corrijo siempre sobre grandes unidades de texto, nunca sobre pequeñas. Antes me desalentaba el tiempo que me llevaba cada frase. Últimamente me consuelo diciéndome que el tiempo que invierto en pensar quizás sea el mismo que los demás escritores invierten en corregir. Hay algunos amigos, dos, tres a lo sumo, que aceptan leer lo que escribo antes de que se publique. Leo mientras escribo a otros autores, por supuesto, incluso buenos autores que me exaltan o descorazonan, pero nunca nada "sobre" lo que estoy escribiendo. Todo eso, si lo leo, ya lo leí antes, cuando escribir era un sueño útil, y ya lo olvidé.


M. Kohan

El tiempo que me ha llevado escribir algunos textos (Museo de la revolución: cuarenta días; Ciencias morales: cuarenta y cinco días) me lleva a pensar que le dedico mucho tiempo a la escritura: infiero que durante esos días casi no debo haber hecho otra cosa. Lo cual en definitiva no sería sino una expresión de un estado de ánimo; casi todas las demás cosas me importan menos, y a veces mucho menos, y a veces nada, mientras estoy escribiendo. Son períodos en los que relego bastante, postergo bastante, me desentiendo bastante de todo. Es un poco mi relación con la literatura en general, yo creo que desde siempre: lo que me gusta de la literatura es que sostiene mi desinterés por el resto de las cosas.


Extraido de El Interpretador

Saturday, May 24, 2008

Literatura: Ficción e Ideas por A. Pauls

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(...)Si la literatura sólo es una cuestión de contar historias, me parece que tranquilamente nos podemos dedicar a otra cosa. Creo que en un libro de ficción intervienen tanto las ideas como en un libro de ensayo, no hay ninguna diferencia. Y yo quisiera que mi literatura fuera cada vez más así. Yo escribo con ideas ahora tanto como hace veinte años.



Y el mundo de las ideas, el mundo de lo intelectual, es tan importante para mí a la hora de escribir ficción como el mundo de la ficción. De hecho, la tradición literaria que a mí me interesa, que es la tradición del alto modernismo del siglo XX, está hecha de eso: Proust, Joyce, Kafka, es eso, es exactamente eso: es el punto de convergencia, de saberes, disciplinas, registros, idiomas.(...)



Y el mundo de las ideas, el mundo de lo intelectual, es tan importante para mí a la hora de escribir ficción como el mundo de la ficción. De hecho, la tradición literaria que a mí me interesa, que es la tradición del alto modernismo del siglo XX, está hecha de eso: Proust, Joyce, Kafka, es eso, es exactamente eso: es el punto de convergencia, de saberes, disciplinas, registros, idiomas.(...)



Me parece que Borges es el antídoto perfecto y la máquina de guerra más implacable contra la larga tradición anti-intelectual que hay en la literatura argentina


Video de Entrevista en:
http://www.audiovideotecaba.gov.ar/areas/com_social/audiovideoteca/literatura/pauls_texto_es.php

Wednesday, February 06, 2008

Narrar



Ricardo Piglia: "A veces pienso ironicamente que tal vez no nos podamos conocer, pero nos podamos narrar"





Alan Pauls: "
me interesa profundizar es la idea de que la literatura también puede interpelar al saber"