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Sunday, August 30, 2009

Una vieja encuensta

Damián Tabarovsky

(...)Entrando en la Encuesta, hay un punto que llama la atención: es maravilloso ver a Sabato y a Borges trabajar profesionalmente para ser Sabato y Borges. De tan estereotipados terminan dando ternura. Por ejemplo, en el caso del sabio de Santos Lugares, antes de responder la primera pregunta, agrega una nota introductoria (dedicada a “SZ”, seguramente Susana Zanetti, a cargo de la dirección del proyecto) donde escribe: “Abrumado de problemas (sic), le respondo el cuestionario”. Como una caricatura de sí mismo, parece un chiste que lo primero que exprese sea su estar abrumado (a lo que se le podría agregar todos los sinónimos posibles: agobiado, atosigado, etcétera). ¡Cuánto sufrimiento! Y más adelante, ante la pregunta por cómo empezó a escribir, señala: “Como se sabe, estudié ciencias físico-matemáticas”. ¿Pero quién lo sabe? O mejor dicho, ¿quién no lo sabe? Sabato no concibe que no haya alguien que no conozca su vida (su biografía) y, como se sabe, tiene razón, todos la conocemos (en el mismo tono señala: “Mi primer libro fue publicado en 1944, cuando hice público (sic) mi alejamiento definitivo (sic) de la ciencia”). Borges es interrogado por Noemí Ulla. Aquí también el comienzo marca el tono de la entrevista. El reportaje empieza con una duda: “Borges, ¿quiere que lea todas las pregunta?” (me alarma el uso de ese “Borges”. A Cortázar, por ejemplo, nadie le decía: “Cortazar, ¿cómo escribe?”. Ese “Borges” funciona en la pregunta complaciente sólo como una mala cita al lugar común del borgeanismo). A lo que un Jorge Luis, entre dubitativo y seguro, responde: “No, no (sic). ¿Cuántas son?”. Entonces Ulla le informa: “Son nueve”. Y el maestro, aliviado, remata: “Está bien, es una cifra mágica (sic)”. Al fin y al cabo, la sacamos barata: podría haber dicho “cabalística”, pero en ese caso los números deberían ser el 3 o el 7, creo. (...)

leela completa acá

Monday, August 17, 2009

Cómo volver

Este fin de semana largo volví, de modo repentino y breve, a Borges y a Cortázar. Abandonados hace más tiempo del que creía, fui por el Informe de Brodie y Octaedro, dos de los libros que me quedaron pendientes cuando me saturé de leer a Borges y Cortázar. Al Informe de Brodie entré sin problemas, con un horizonte claro de lectura, mirando algunas capas de la escritura de Borges que no recordaba o que no había leído antes, igual los cuentos, salvo El evangelio según Marcos y La intrusa, no me cegaron de lucidez, sino, más bien, variaciones de algunos lugares un poco comunes pero no por ello menos intersantes de Borges. En el caso de Octaedro leí la primera página y no pude seguir, cómo si estuviera leyendo por vez número mil una página que ya no me seducía. Entonces, pasé a "Ahí pero dónde, cómo", un cuento de la mitad del libro que siempre me había interesado y después de leer tres páginas salí del libro y lo dejé. Cómo volver, con que expectativas, con que horizonte de lectua, ese es el tema. ¿es necesario volver en todos los casos? ¿Hay que volver en forma de relectura o a algo no leído de un autor ya leído? La experiencia de la vuelta, del retorno, tiene siempre algo de inestabilidad, de desconcierto entre el recuerdo y lo percibido en ese momento, esa diferencia, ese default es lo que hace interesante la experiencia de volver.

Monday, March 23, 2009

La misma música

“La música funciona como el modelo más perfecto. Porque no parece tener referentes, porque parece funcionar con puras formas. Pero a mí lo que me resulta interesante pensar es que en la literatura se usa el mismo material que en la vida cotidiana. Y uno piensa: qué bueno sería trabajar con un lenguaje diferente. Se aspira a eso.”

Ricardo Piglia, acá


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(...) todas las artes aspiran a la condición de la música, que no es otra cosa que forma.
La música, los estados de la felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo; esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético.


Jorge Luis Borges, acá

Tuesday, February 05, 2008

Borges Y Artaud pueden jugar juntos

Tanto Borges como Artaud criticaron puntualmente la adhesión del surrealismo al comunísimo. (...) Hay un punto, una arista de contacto. Borges escribió una nota sobre el manifiesto que escribieron Breton y Rivera proclamando el arte independiente en el México de finales de los cuarenta. Artaud se fue (o dicen que antes lo echaron) del surrealismo por la afiliación a la acción política del PC.

(...)El surrealismo fue una vanguardia que no pudieron terminar terminar de domesticar (...) Ese hambre por lo maravilloso-espontáneo, por rechazar las explicaciones racionales, por la imaginación en lucha por la liberación (...). Todo eso parece esfumarse con lo escrito por Breton y Rivera. (...) Parece al menos absurdo cuando quieren someter eso a la acción de la ideología marxista. Nada menos surrealista que la plusvalía, que la certera explicación sobre la explotación, sobre el futuro en el comunismo, nada más racional que el intento científico de Marx.

Dijo Artaud: acaso no ha muerto el surrealismo el día en que Breton y sus adeptos creyeron que debían adherir al comunismo y buscar en el terreno de los hechos y de la materia inmediata el resultado de una acción que normalmente solo podía desarrollarse dentro de los marcos íntimos de la mente. (...) el surrealismo ha sido para mi una nueva forma de magia. La imaginación, el sueño, toda esta intensa liberación del inconsciente que tiene por finalidad aflorar a la superficie del alma lo que habitualmente tiene escondido, debe necesariamente introducir profundas transformaciones en la escala de las apariencias, en el valor de significación y en el simbolismo de lo creado. (...) el programa social, el programa material hacia el que los surrealistas dirigen sus pobres veleidades de acción, sus odios jamás virtuales a todo, son para mi representación inútil y sobreentendida.

Dijo Borges: el marxismo (como el luteranismo, como la luna, como un caballo, como un verso de Shakespeare) puede ser el estimulo para el arte, pero es absurdo decretar que sea el único. Es absurdo que el arte sea un departamento de la política. Breton y Rivera anunciaban la Federación Internacional del Arte Revolucionario (F.I.A.R.I), Borges remataba así su texto: ¡pobre arte independiente el que premeditan, subordinado a pedanterías de comité y a cinco mayúsculas!

El arte puede ser Borges y Artaud jugando juntos como el paraguas y la maquina de coser sobre la mesa de disección. En fin, lo no subordinado, un momento donde hacer el futuro, una manera de pronunciar, un gesto donde encontrarnos, haber atravesado una obra y ya no ser los mismos, el goce desestabilizador de lo insustituido.

Friday, June 16, 2006

La muralla y los libros


­Leí, días pasados, que el hombre que ordenó la edificación de la casi infinita muralla china fue aquel primer emperador, Shih Huang Ti, que asimismo dispuso que se quemaran todos los libros anteriores a él. Que las dos vastas operaciones –las quinientas a seiscientas leguas de piedra opuestas a los bárbaros, la rigurosa abolición de la historia, es decir del pasado– procedieran de una persona y fueran de algún modo sus atributos, inexplicablemente me satisfizo y, a la vez, me inquietó. Indagar las razones de esa emoción es el fin de esta nota. Históricamente, no hay misterio en las dos medidas. Contemporáneo de las guerras de Aníbal, Shih Huang Ti, rey de Tsin, redujo a su poder los Seis Reinos y borró el sistema feudal: erigió la muralla, porque las murallas eran defensas; quemó los libros, porque la oposición los invocaba para alabar a los antiguos emperadores. Quemar libros y erigir fortificaciones es tarea común de los príncipes; lo único singular en Shih Huang Ti fue la escala en que obró. Así lo dejan entender algunos sinólogos, pero yo siento que los hechos que he referido son algo más que una exageración o una hipérbole de disposiciones triviales. Cercar un huerto o un jardín es común; no, cercar un imperio. Tampoco es baladí pretender que la más tradicional de las razas renuncie a la memoria de su pasado, mítico o verdadero. Tres mil años de cronología tenían los chinos (y en esos años, el Emperador Amarillo y Chuang Tzu y Confucio y Lao Tzu), cuando Shih Huang Ti ordenó que la historia comenzara con él. Shih Huang Ti había desterrado a su madre por libertina; en su dura justicia, los ortodoxos no vieron otra cosa que una impiedad; Shih Huang Ti, tal vez, quiso borrar los libros canónigos porque éstos lo acusaban; Shih Huang Ti, tal vez, quiso abolir todo el pasado para abolir un solo recuerdo; la infamia de su madre. (No de otra suerte un rey, en Judea, hizo matar a todos los niños para matar a uno.) Esta conjetura es atendible, pero nada nos dice de la muralla, de la segunda cara del mito. Shih Huang Ti, según los historiadores, prohibió que se mencionara la muerte y buscó el elixir de la inmortalidad y se recluyó en un palacio figurativo, que constaba de tantas habitaciones como hay días en el año; estos datos sugieren que la muralla en el espacio y el incendio en el tiempo fueron barreras mágicas destinadas a detener la muerte.
* * * Todas las cosas quieren persistir en su ser, ha escrito Baruch Spinoza; quizá el Emperador y sus magos creyeron que la inmortalidad es intrínseca y que la corrupción no puede entrar en un orbe cerrado. Quizá el Emperador quiso recrear el principio del tiempo y se llamó Primero, para ser realmente primero, y se llamó Huang Ti, para ser de algún modo Huang Ti, el legendario emperador que inventó la escritura y la brújula. Este, según el Libro de los ritos, dio su nombre verdadero a las cosas; parejamente Shih Huang Ti se jactó, en inscripciones que perduran, de que todas las cosas, bajo su imperio, tuvieran el nombre que les conviene. Soñó fundar una dinastía inmortal; ordenó que sus herederos se llamaran Segundo Emperador, Tercer Emperador, Cuarto Emperador, y así hasta lo infinito... He hablado de un propósito mágico; también cabría suponer que erigir la muralla y quemar los libros no fueron actos simultáneos. Esto (según el orden que eligiéramos) nos daría la imagen de un rey que empezó por destruir y luego se resignó a conservar, o la de un rey desengañado que destruyó lo que antes defendía. Ambas conjeturas son dramáticas, pero carecen, que yo sepa, de base histórica. Herbert Allen Giles cuenta que quienes ocultaron libros fueron marcados con un hierro candente y condenados a construir, hasta el día de su muerte, la desaforada muralla. Esta noticia favorece o tolera otra interpretación. Acaso la muralla fue una metáfora, acaso Shih Huang Ti condenó a quienes adoraban el pasado a una obra tan vasta como el pasado, tan torpe y tan inútil.
* * * Acaso la muralla fue un desafío y Shih Huang Ti pensó: “Los hombres aman el pasado y contra ese amor nada puedo, ni pueden mis verdugos, pero alguna vez habrá un hombre que sienta como yo, y ése destruirá mi muralla, como yo he destruido los libros, y ése borrará mi memoria y será mi sombra y mi espejo y no lo sabrá”. Acaso Shih Huang Ti amuralló el imperio porque sabía que éste era deleznable y destruyó los libros por entender que eran libros sagrados, o sea libros que enseñan lo que enseña el universo entero o la conciencia de cada hombre. Acaso el incendio de las bibliotecas y la edificación de la muralla son operaciones que de un modo secreto se anulan. La muralla tenaz que en este momento, y en todos, proyecta sobre tierras que no veré su sistema de sombras es la sombra de un César que ordenó que la más reverente de las naciones quemara su pasado; es verosímil que la idea nos toque de por sí, fuera de las conjeturas que permite. (Su virtud puede estar en la oposición de construir y destruir, en enorme escala.) Generalizando el caso anterior, podríamos inferir que todas las formas tienen su virtud en sí mismas y no en un “contenido” conjetural. Eso concordaría con la tesis de Benedetto Croce; ya Pater, en 1877, afirmó que todas las artes aspiran a la condición de la música, que no es otra cosa que forma. La música, los estados de la felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo; esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético.

J. L. Borges